Introducción
En las primeras décadas del siglo veinte, la
bibliotecología argentina daba los pasos iniciales hacia la
profesionalización del campo. Entre hitos y figuras fundacionales, el
campo de estudios fue nutrido por aportes teóricos y empíricos de
distinto orden que le dieron sus primeros lineamientos. Sin embargo,
dadas las características y los cánones imperantes en este período de
nuestra historia y de la historia latinoamericana en general, las
contribuciones profesionales llevadas a cabo por mujeres raramente
llegaron hasta nuestros días por la vía escrita.
Como parte estructural del sistema
educativo-cultural, las bibliotecas constituyeron espacios en los
cuales la inserción femenina fue objeto de debates desde los primeros
momentos de su existencia. Según Planas
(2017) la mujer pudo acceder por primera vez a estos espacios
favorecida por la presidencia de Sarmiento y, en nuestro campo, por las
políticas de la Comisión Protectora de las Bibliotecas Populares. Esta
propiciaba, no sin algunas contradicciones, la creación de un perfil
lector en la mujer y su participación en la gestión bibliotecaria. Los
cambios que acarrearía más tarde la figura del inmigrante, el
respectivo brote de choques culturales e ideológicos y la ampliación
gradual y no lineal del acceso a la lectura no tardarían en obtener una
respuesta del orden conservador, con la aparición de las políticas
profilácticas y moralistas que pondrían un cerco a la elevación
cultural de la mujer, aduciendo toda clase de peligros, que variaban
desde la desviación psicológica hasta la sexual, entre otros puntos
extremos.
Al ritmo que eran superadas las restricciones
culturales y sociales que había impuesto el régimen conservador, las
bibliotecas aún se entendían como una extensión del espacio doméstico;
si bien libre de la disciplina escolar, se esperaba que la mujer
propiciara un clima similar al de la casa. Representaban además mano de
obra barata y su función se asemejaba en algunos aspectos al rol
docente, vinculado siempre a la maternidad. A la vez se esperaba que
ejecute esas tareas reiterativas que, según Dewey (Rodríguez Toajas, 2013), no se
diferenciaban y eran adecuadas para ellas “...por su atención a los
detalles, su salud endeble y su incapacidad para la administración”. La
sociedad norteamericana fue pionera en esta inserción, a fines del
siglo diecinueve. Esta visión no tardó en llegar a nuestro país, en
primer lugar importada para implementarse en todo el espectro cultural
por Sarmiento; décadas más tarde sería desde el mismo campo, debido al
seguimiento que se realizaba a las innovaciones norteamericanas. Hacia
la década de los años veinte las mujeres ya trabajaban en las
bibliotecas, y podían disponer de suficiente responsabilidad como para
reconfigurar sus instituciones. Siendo aún consideradas inferiores en
los ámbitos de dominio masculino, y siendo ellas mismas víctimas de
este discurso hegemónico que las cohibía de la participación en los
desarrollos “más elevados”, en donde sí podemos apreciar su capacidad
es en la obra profesional; en los cambios que propiciaron en sus
bibliotecas y, dado el caso, en su obra intelectual (Gutiérrez y Romero, 1989).
Hanny Stoecker de Simons1
fue vicedirectora por casi tres décadas de la Biblioteca Pública de la
Universidad Nacional de La Plata (UNLP). Su nombre aparece en la
bibliografía como una confidencia de autores que consideran necesario
decirlo, recordarlo, confirmarlo al paso, una costumbre o tradición que
se repite desde Angélica Costa Álvarez de Sapin, su colega, hasta
Amelia Aguado de Costa, su heredera. Transmiten la información en
fragmentos, como a la espera de una eventual reunión, largamente
postergada, de índole compleja y con el peligro del olvido siempre
latente y amenazante. La ligan a las reformas que presentan los
primeros directores de la institución universitaria. En sus obras
bibliográficas ella también traduce sus conocimientos históricos,
bibliotecológicos y además su capacidad analítica de nuestra sociedad,
reconociendo con lejanía algunos logros. La obra de Simons tiene un
carácter indivisible, común a todos los bibliotecarios y bibliotecarias
de profesión; su obra intelectual se refleja en su trabajo
bibliotecario, y viceversa. Es por ello que el objetivo dual de este
trabajo es por una parte demostrar la medida y la forma en que su
legado llegó a ser parte fundamental del patrimonio institucional de la
Biblioteca Pública, en calidad de políticas, reformas, reglamentaciones
y concepciones, para por otra lograr sintetizar por primera vez con
respaldo bibliográfico su influencia y recorrido profesional,
históricamente poblados de enigmas.
Metodología
Como afirma Parada
(2003), el rastreo de algunas .vidas bibliotecarias. es fundamental
para configurar la historia de nuestra profesión. Estas vivencias
permiten demostrar, desde la perspectiva del sujeto estudiado y su
relación con el medio, el estado y la evolución disciplinar en un
período dado de nuestra historia, pero también el desarrollo de
nuestras instituciones y los cambios sustanciales en cuestiones de
género y acceso público a la cultura.
Si bien existe una formada tradición de estudios
bibliográficos como método de análisis biográfico en la bibliotecología
argentina, se consideró que dicha metodología sería esquiva respecto de
la riqueza extraíble del análisis de Simons por medio de otras
alternativas, enfocadas más bien en su rol dual de bibliotecaria y su
condición de mujer. Por esta razón, el abordaje de esta investigación
sigue la metodología propuesta por Maack (Rodríguez Toajas, 2013; Tecuatl Quechol, 2016-2017)
para el estudio específico de la mujer en bibliotecología, que propone
el análisis de:
-
Biografías de mujeres que participaron de la formación de la
profesión (haciendo especial énfasis en el período de la primer
inserción), el estudio de las razones que las llevaron a elegirla, sus
trayectorias, su formación y lo que pensaban acerca de ésta.
-
La participación en el desarrollo de los servicios
bibliotecarios y de la extensión cultural.
-
La participación en el diseño de cualquier tipo de formación
bibliotecaria.
-
La participación en las asociaciones profesionales.
En palabras de Rodríguez
Toajas (2013), y apoyándose en Hildebrand (2000) el principal
problema para estudiar a estas primeras protagonistas femeninas es:
...Distinguir el discurso de la realidad, esto es,
discernir cómo y en qué medida se corresponde la realidad con la
retórica del relato hegemónico dominante que predomina y subyace en las
fuentes primarias y secundarias y, en muchos casos, reproduce
planteamientos androcéntricos (Rodríguez
Toajas, 2013: 7).
El enfoque entre líneas es crucial para poder
recuperar la información necesaria y acreditar la responsabilidad de
los proyectos e innovaciones; esto significa, dilucidar por medio de
declaraciones personales o por la atribución de responsabilidad de
colegas. Hablamos entonces de fuentes informales, o bien que no
corresponden a la propia oficialidad institucional. En el análisis de
la trayectoria de Simons confluirán tres de los principios
metodológicos de Maack (1982);
el enfoque biográfico, los aportes a los servicios bibliotecarios
realizados y las contribuciones a la formación bibliotecaria. De esta
forma, se podrá medir su impacto personal, profesional e institucional.
La búsqueda bibliográfica
El análisis de la figura bibliotecaria, siguiendo a Romanos de Tiratel (2012),
puede hacerse desde distintas perspectivas y remarcar alguna faceta
específica de la personalidad estudiada. Sin embargo, en el caso de
Simons, la regla ha sido la sedimentación. No existen estudios sobre su
trayectoria, más que menciones al paso o de curiosidad por su origen
extranjero. La solución metódica a este solapamiento del accionar de la
mujer solo pudo ser encontrada en estos primeros estudios feministas
sobre la bibliotecología.
Si bien el desarrollo de este tipo de
investigaciones centradas en la mujer bibliotecaria comenzaron en la
década de 1970 en los Estados Unidos, han tenido eco en nuestro campo
hispanohablante. Por esta razón, la bibliografía fundamental ha sido la
de Rodríguez Toajas (2013)
por las sincronías a la hora de enfrentarse a la ausencia de estudios
con perspectiva de género en nuestro campo, la compatibilidad de los
análisis y la metodología propuesta, dadas las semejanzas
socio-culturales con la España del mismo período. El aporte de Tecuatl Quechol (2016-2017),
por ser un primer abordaje en nuestra región, particularmente en
México, de las mujeres bibliotecarias. Y la relevancia de los trabajos
de Maack (1982) y Hildebrand (2000) por ser los
estudios fundacionales del campo en materia de género y de recurrencia
obligatoria, por su aporte metodológico que aún sigue teniendo vigencia
en este tipo de estudios que enfrentan dificultades con la carencia de
fuentes primarias.
Desde el punto de vista de desarrollos locales y
biográficos, fue necesario considerar las investigaciones en nuestro
campo y su tratamiento de las personalidades bibliotecarias. Para esto,
fue de gran utilidad el artículo sobre Josefa Sabor de Romanos de Tiratel (2012) por
constituir un estudio reciente y de una bibliotecaria de un período
posterior, el de Fernández (2005)
sobre Luis Ricardo Fors y el de Parada
(2003) sobre Couture de Troismonts por la cercanía institucional y
jerárquica de los cargos ocupados con Simons, entre otros, que han
servido de base para un enfoque biográfico con características
bibliotecológicas.
La búsqueda de fuentes
Esta investigación demandó la consulta de una gran
diversidad de fuentes, que permitieron la reunión y conexión de datos e
información que eran transmitidos de forma oral pero de difícil
comprobación. Cuando surgió el interés en investigar su figura, se
buscó en el catálogo en línea de la Biblioteca Pública de la UNLP si
existían libros de su autoría. Ante esto, la obra más relevante que se
recuperó fue “Algunos aspectos de la biblioteconomía” (Simons, 1934), la cual compila
una parte de sus obras publicadas en Argentina. Aun así, se extrajo
poca información respecto de su vicedirección a partir de esta obra.
La conexión más significativa tuvo lugar cuando se
consultó “Hanny Simons en mi memoria” de Angélica Costa Álvarez de Sapin
(1966) y con algunas de las notas que se publicaron en los diarios La Opinión de La Plata y El
Día, contando entre estas la carta de su hijo a la biblioteca
durante la dirección de Couture de Troismonts. Sin el conocimiento
biográfico de Simons difundido por Costa Álvarez de Sapin, sus
atribuciones de responsabilidad y autoría, hubiese sido imposible
continuar la investigación.
De este artículo se pudo enlazar información de
Konrad Simons, esposo de la bibliotecaria y el motivo de su presencia
inicial en Argentina. Con esta base, se pudo continuar esta
recopilación, a la cual hicieron un importantísimo aporte la Biblioteca
de la Facultad de Ingeniería (UNLP) y el Centro de Documentación de la
Inmigración de Habla Alemana. Estos últimos quienes, luego de dos años
de búsqueda, pudieron brindarme acceso a todo el legado
personal/familiar de Simons y su esposo, compilado por sus
descendientes y donado a esta institución recientemente.
La inmigración científica
Simons era originaria como su marido de la ciudad de
Elberfeld, Alemania, y residente en la ciudad de La Plata desde el año
1911. Desde un primer momento resulta visible la necesidad de
comprender su actuación en el marco de una comunidad con valores y un
entendimiento compartido de la realidad. Estos círculos académicos e
intelectuales se veían diferenciados, además, por grados de afinidad
cultural, ideológica, política, entre otros, existiendo así diferentes
niveles concéntricos que, si bien visualizaban un mismo fin, son
notoriamente distintos.
Así sucedía con la comunidad universitaria de la
UNLP en sus inicios. Concebida como una universidad cimentada en las
ciencias exactas y naturales, era lo que según Joaquín Víctor González
demandaba la República Argentina, ya que favorecería su desarrollo
técnico e industrial. Dicho proyecto educativo surgía de una visión de
estado cuya herencia ideológica era primordialmente sarmientina, y
surgía del seno de la misma clase acomodada y erudita que ya había
entrelazado un importante sistema educativo y cultural. Fue
fundamental, entonces, el poder contar con intelectuales conocedores de
los modos, los debates más novedosos del momento y de las últimas
tendencias de los círculos académicos vanguardistas de la época.
Al año 1909, la física es dominada por la academia
alemana. Es entonces cuando González propone conseguir profesores
extranjeros para el incipiente Instituto de Física de la UNLP. Luego de
prepararse la búsqueda, al físico Emil Bose se le promete la gestión
del Instituto y como dato no menor, que su esposa también sería
contratada, lo que dejaría un antecedente, quizá, para el caso que nos
convoca. Con la mediación de Bose, otros científicos alemanes arribaron
a la universidad, entre los que se contaba Konrad Simons, un
colaborador suyo del Instituto Tecnológico de Danzig.
A Konrad Simons se le asigna la misión de encabezar
la organización de la carrera de Ingeniero Electricista en dicho
instituto, con la garantía de que se le darán facilidades acordes a los
costos de manutención de su familia. Luego de que se le asegurara dicha
protección, viene al país junto con su esposa y sus hijos. Si bien su
paso por la universidad fue breve por su muerte repentina, llegó a ser
director interino del mencionado Instituto, logró dirigir cursos de
electrotecnia y proyectar la instalación del instituto de la misma
materia. Para entonces, la comunidad académica alemana ya era una parte
importante de las instituciones universitarias locales, con
personalidades como Roberto Lehmann Nitsche a cargo del Museo y Ricardo
Gans en el Instituto de Física (Bibiloni,
Civitarese y von Reichenbach, 2003; von Reichenbach y Bibiloni, 2012).
En 1919, un año después de la pérdida de su esposo y
con dos hijos a cargo, Simons decide solicitar su ingreso a la
Biblioteca Pública de la Universidad (Resolución No.
1875, 1919), donde rápidamente sería ascendida a Vicedirectora ad-honorem hacia 1921 (Comunicado
interno Resolución del 27 de enero de 1921). Según Costa Álvarez la
elección de la biblioteca no fue azarosa; en su ciudad de nacimiento se
habría orientado al ámbito bibliotecario desde sus comienzos
profesionales, llegando a ejercer en la Biblioteca Municipal de
Elberfeld (Costa Álvarez de Sapin,
1966). Tal como Simons, Margrete Heiberg Bose, física y también
viuda, tomaría la decisión de conducir una biblioteca universitaria.
Bose decidió integrarse a la Biblioteca del entonces Observatorio
Astronómico, cargo en el que estuvo alrededor de un año (Chicote y Göbel, 2011).
Caracterizado por sus innovaciones, este período de
gestión comienza con el reconocimiento de la UNLP de su potencial para
llevar adelante grandes cambios en la Biblioteca Pública, un hecho de
destacable particularidad para los estándares vigentes. Si bien no se
le otorga la dirección, desde el puesto de vicedirectora se le da el
aval para introducir las modificaciones necesarias para poder adaptar
la biblioteca a su carácter público, sin sacrificar el universitario.
Si bien se puede aludir que esta decisión se basó en la utilización de
sus conocimientos adquiridos en Alemania, constituye un importante
reconocimiento a una mujer, considerando la predominancia masculina en
los ámbitos intelectuales.
La vicedirección
Simons se incorpora a la biblioteca durante la
gestión de Carlos Vega Belgrano, un periodista polifacético, fundador
de múltiples diarios, asignado a su cargo por González en el año 1906.
Era también, al momento, Vicepresidente de la Comisión Nacional de
Bibliotecas Populares desde 1912 y sería convocado a presidir dicha
institución en 1927, eventualidad que ella aprovecharía para dedicarle
un artículo en el cual describe su trayectoria. Sobre Vega Belgrano se
deduce la disposición de un conocimiento bibliotecológico adquirido
durante el ejercicio de su cargo, y una visión de lo público que
compartiría con Simons. Este hecho podría haber facilitado las
innovaciones en la biblioteca que se llevaron a cabo con la guía o
iniciativa de la nueva vicedirectora, en especial en cuanto al préstamo
domiciliario, acerca del cual las bibliotecas populares, el otro
dominio de Vega Belgrano, tenían décadas de experiencia para entonces (Planas, 2017; Simons, 1932).
Durante este período de vicedirección, es decir, el
que coincide con la dirección de Vega Belgrano (1907-1930), Simons
dedica sus esfuerzos a las innovaciones en la biblioteca. Como
bibliotecaria, desarrolla un catálogo de biografías (Costa Álvarez de Sapin, 1966).
Ya al asumir la vicedirección en 1921, Costa Álvarez y Palcos atribuyen
a su trabajo la reglamentación del préstamo domiciliario, implementado
finalmente el 11 de marzo de 1926, y la creación del primer sistema de
clasificación de la biblioteca pública, el mismo año. El 27 de enero de
1921, el presidente de la UNLP, Carlos F. Melo dicta y comunica en la
misma disposición en la que queda explicitado el contrato de Simons,
que la finalidad de su ascenso como vicedirectora era la de encabezar
un proyecto de transformación que implicaría la apertura al público a
partir del 1 de febrero de ese mismo año, que por entonces se
restringía a la sala de lectura:
Siendo indispensables los servicios de la Biblioteca,…
habiéndose ausentado, según resulta del precedente informe, los
empleados de la Biblioteca sin tener en cuenta sus obligaciones
especiales, ni la inauguración de los servicios nuevos que se
comprometió la Universidad desde su fundación y que no ha prestado;
(...) y estando conforme con ello la señora de Simons en dedicar toda
su acción para la reorganización de ese establecimiento; (...) el
Presidente de la Universidad decreta: Art. 1: Desígnase Vicedirectora
de la Biblioteca de la Universidad de La Plata ad-honórem a la señora
Hanny Simons. Art. 2: La vicedirectora procederá de acuerdo con el
Director a la reorganización de la Biblioteca y su habilitación para
que funcione para el público desde el 1 de Enero de 1921 (…) (Comunicado interno Resolución del 27 de enero de 1921).
Desde la dirección de Augusto Belín Sarmiento, quien
proyectó una biblioteca circulante, la idea de que los libros pudiesen
ser extraídos de la biblioteca había sido descartada, en favor de una
concepción elitista de la institución bibliotecaria (Dorta, 2017). Mucho menos
pensada sería, hasta entonces, la posibilidad de que pudiese
facilitarse la lectura a todos los vecinos de la ciudad hasta sus
propios hogares. La reglamentación del préstamo domiciliario pudo ser
establecida tras vencerse .reticencias históricas. (Costa Álvarez de Sapin, 1966) a
la circulación del material, que se habían originado bajo la dirección
erudita de Fors, desde 1898 hasta 1907 (Fernández, 2005). La marcada
inclinación del primer director de la entonces Biblioteca provincial a
la reunión y la preservación bibliográfica llegaba al punto de disponer
un vigilante de servicio en la sala de lectura de la Biblioteca Pública
de la Provincia. Puede así visualizarse la contraposición de dos
posturas en pugna –por un lado, la preservacionista, y por otro, la
aperturista–. Al respecto, Palcos decía:
La respectiva reglamentación –proyectada por la
vicedirectora, señora Hanny Simons- establece que para este beneficio
el lector deberá sacar su tarjeta de tal y comprobar su calidad de
vecino platense; se le presta hasta tres libros a la vez y por siete
días… Hay personas aún hoy alarmadas del sistema: lo suponen
incompatible con la psicología criolla. Los resultados de ocho años de
práctica desvanecen muchas presunciones contrarias. Desde este punto de
vista el ensayo ostenta importancia social. Desde luego se llevan
perdidos al presente varios centenares de libros y otros son devueltos
en condiciones poco recomendables; pero si atendemos a una queja del
doctor Fors cuando los libros eran exclusivamente consultados en la
sala de lectura, abundaban los lectores inescrupulosos que ajaban sus
hojas, las llenaban de dibujos, arrancaban sus láminas o deterioraban
las colecciones de diarios y revistas. Fuerza es admitir, por lo tanto,
que el nivel medio de los lectores ha mejorado (Palcos, 1934: 17).
Para visualizar las dimensiones y la significancia
de esta modificación del servicio bibliotecario, las cifras pueden
resultar de gran ayuda, tal como se observar en el crecimiento
exponencial de la cantidad de lectores, tomando como referencia desde
1921 hasta 1944 (Cuadro 1). Se ha de tener en cuenta el salto
significativo en el año 1926; es entonces cuando se completa la
reglamentación y es aprobada por la UNLP el 11 de marzo de ese mismo
año.
Cantidad de lectores (1921-1944)
| Año |
Cantidad
de lectores |
| 1921 |
5.278 |
| 1925 |
8.694 |
| 1926 |
26.264 |
| 1944 |
121.189 |
Llovet, 1967
El debate entre la concepción universitaria y la
pública de la Biblioteca, lejos de extinguirse con la reglamentación
del préstamo domiciliario, continuó como polémica hasta avanzado el
siglo XX (Bossié, 2006). Bajo
la dirección de Couture de Troismonts, el nombre de la Biblioteca
Pública volvería a la forma de sus inicios: “Biblioteca
Central de la Universidad”. A esta transformación sucedió el
recorte, además, del préstamo al público en el año 1967; los argumentos
de Fors volvieron a tener predominancia. En medio de un gran debate
público llevado a cabo por los usuarios de la Biblioteca a través del
diario local El Día, destacaría una carta
de Hellmut Simons2, hijo de Simons. En
ella, argumentaría:
Por razones obvias han merecido mi preferente atención
las recientes publicaciones relacionadas con las modificaciones
introducidas en el régimen de la Biblioteca Pública de la Universidad
(…), modificaciones que, implican desde ya suprimir una parte de su
nombre, pues ha dejado de ser pública. No quiero agregar nuevos
argumentos a los muchos que se han dado en sus columnas contra la
supresión del servicio de préstamo a domicilio, verdadero atentado a la
cultura popular y medida injustificada en todo sentido. (…) Quiero
destacar tan solo que, - salvo que un nuevo convenio entre el Gobierno
de la Nación y el de la Provincia de Buenos Aires no se haya dado a
publicidad- el proceder del nuevo Director de la Biblioteca, atenta
contra las disposiciones de la Ley Convenio que dio origen a la
creación de la Universidad(…) (Simons,
1968).
Simons, en su artículo “La
biblioteca vista por dentro” (Simons, 1932b), argumenta su
postura favorable al préstamo domiciliario en el acto de brindar
facilidades para la lectura, siempre que este servicio sea acompañado
de una serie de controles rigurosos que impidan el deterioro del
patrimonio.
En el camino de la Biblioteca hacia su nuevo perfil,
la reglamentación del sistema de préstamos domiciliarios constituía el
horizonte y así poder convertir la Biblioteca Central en Biblioteca
Pública. Sin embargo, era evidente que el sistema de clasificación
vigente, el establecido por Fors en el año 1906, pensado para un modelo
de biblioteca erudita, iba a verse superado por los flujos del fondo
documental, en plena expansión. Surgiría la necesidad entonces de un
sistema de organización capaz de soportar una gran proporción de
transacciones diarias, de fácil aprendizaje para los responsables de la
atención al público. Aquí tomaría preponderancia uno de los primeros
debates bibliotecológicos de nuestro país en cuanto a la organización
del conocimiento.
Hasta entonces la Guía para
los trabajos de clasificación y catalogación bibliográfica
ideada por Fors regía el orden bibliográfico. Ésta es una adaptación
del sistema pensado por Paul Groussac para la Biblioteca Nacional (Biblioteca Nacional de la República
Argentina, 1893), compuesto de 5 secciones que tenían la intención
de ser accesibles para los lectores. Se basaba a su vez en el Manuel du libraire et de l’amateur de livres de
Brunet promovido en el país por Ernesto Quesada (Arcella, Bizzotto y Zeballos, 2009).
Groussac compartía con Simons un punto decisivo en la concepción de un
sistema de organización; la sencillez. Por esta misma razón explicaba
que el mejor modo de distribución de la bibliografía tenía que cumplir
tres condiciones fundamentales: accesibilidad, elasticidad y
racionalidad. Lacónicamente, afirmaría: “un catálogo es por excelencia
una obra de vulgarización” (citado por Arcella, Bizzotto y Zeballos, 2009:
25).
La catalogación, más allá de la descripción
bibliográfica, contenía a la organización y la definía según múltiples
parámetros según la conveniencia y la practicidad. Era la herramienta
definitiva para garantizar una biblioteca democrática, ya que la
ausencia de formación técnica en el personal (es pertinente recordar
las observaciones de Cónsole en
1931) y la predominancia del saber empírico demandaba sistemas de
clasificación puestos en función del servicio ágil y con una rápida
vinculación a los catálogos (Arcella,
Bizzotto y Zeballos, 2009).
Resulta evidente la razón por la cual la “Guía de
clasificación” de Fors fue mejorada antes de ser descartada por un
sistema decimal. Esta se dividía en 12 secciones, 8 de materias de
estudio y 4 auxiliares. El sistema que lo suplantara, publicado en
1926, sería diseñado a su vez sobre las divisiones temáticas que Fors
ideó, que se conservaron con pequeñas modificaciones terminológicas y
la inserción de la sección XI, Cartografía, dentro de Geografía. Estas
nuevas categorías llevarían ahora, a modo de subdivisión, dos letras
identificatorias (una letra característica y una subdivisión) y un
número. El determinante de la nueva metodología de ordenamiento de los
libros sería lo que Simons definiría como el Numerus
Currens, de acuerdo al cual los libros son ordenados en las
estanterías de acuerdo a su ingreso en la biblioteca. A favor del mismo
aduce que permite saltear los espacios que demanda la clasificación
decimal entre las temáticas y una combinación útil con la modalidad
mnemotécnica de la utilización del abecedario. Simons consideraba el
modelo de organización decimal de Dewey y el Decimal como
“impracticables” y “utópicos”, lo que debe entenderse en su contexto
histórico, es decir, estanterías vedadas al público, practicidad
empírica y un servicio demandante. En razón de esto, afirmaba:
(…) El bibliotecario actual tiene, ante todo, el deseo
de mejorar su sistema, y mejorarlo será siempre buscar su
simplificación, porque el sistema más simple, el que menos tiempo exige
para la búsqueda de los libros es el que mejor cumple con los
principios de la biblioteconomía, y el que, en forma más satisfactoria,
deja libre en las horas del trabajo el tiempo necesario para las demás
tareas (Simons, 1934: 24).
En la elaboración del sistema de clasificación no
solo participó el personal de la biblioteca: Costa Álvarez asegura que
para elaborar este sistema se convocaron a distintas personalidades
platenses, con experticia cada uno de ellos en la temática específica
requerida. Según la autora, y por la presencia destacada del círculo
académico alemán, podemos confirmar que estuvo detrás de estas
participaciones. Así, por ejemplo, se convocó para elaborar la sección
de Ciencias Físicas y Matemáticas, al físico Ricardo Gans (antiguo
compañero de su difunto esposo); para la sección Filosofía, Educación y
Religión, al presbítero Leandro B. Astelarra, para la sección de
Ciencias Naturales y Ciencias Médicas, al naturista Roberto Lehmann
Nitsche y al doctor Moises Jeréz respectivamente. Entre otros como
César Díaz Cisneros, Rómulo Carbia y Agustín Millares Carlo, de los
cuales no se dispone mayor información de su colaboración. Fiel a la
trayectoria institucional, Simons reconocía en el modelo de Fors y sus
divisiones, las bases de la nueva organización del fondo bibliográfico
de la Biblioteca, sobre lo cual afirmaba “(...) en bibliotecología es
una norma que tiene importancia de ley, construir sobre lo existente,
perfeccionándolo (...)” (Simons,
1934: 24).
Quedarían entonces definidas las nuevas áreas,
numerando básicamente las subdivisiones alfabéticas como lo muestra el
Cuadro 2:
Cuadro 2:
Áreas numeradas y subdivisiones
mnemotécnicas
| I:
Ciencias Naturales. Ciencias Médicas. Letra característica: N
Subdivisiones. Na, Nb, Nc, Nd, Ne, Nf, Ng, Nh |
VII:
Sociología y Ciencias Económicas Letra característica: S Subdivisiones:
Sa, Sb, Sc, Sd, Se, Sf, Sg, Sh |
| II:
Ciencias Físicas y Matemáticas Letra característica: M Subdivisiones:
Ma, Mb, Mc, Me, Mf, Mg, Mh |
VIII:
Derecho Letra característica: D Subdivisiones: Da, Db, Dc, Dd, De, Df,
Dg, Dh, Di, Dk, Dl, Dm |
| III:
Arte Letra característica: A Subdivisiones: Aa, Ab, Ac |
IX:
Sección Oficial Letra característica: O Subdivisiones: O. (Entidad
Gubernamental) |
| IV:
Literatura Letra característica: L Subdivisiones: La, Lb, Lc, Ld, Le,
Lg, Lf, Lh, Li, Lk, Ll |
X:
Diarios y Periódicos |
| V:
Historia, Geografía y Ciencias Afines Letra característica: H
Subdivisiones: Ha, Hb, Hd, He, Hg, Hi, Hk, Hm, Hn. Ho, Hp |
XI:
Autógrafos y Retratos |
| VI:
Filosofía, Educación y Religión Letra característica: F Subdivisiones:
Fa, Fb, Fc, Fe, Fd |
|
Clasificación
sistemática del material bibliográfico: Instrucciones para el uso de
los ficheros. (1926)
Así, por ejemplo, Lk es, dentro de la sección
Literatura, la sección de Bibliografía, donde se incluye la
subcategoría “Bibliotecas y Biblioteconomía”. A un documento recién
ingresado de esta temática, debería asignársele estas dos letras
seguidas de un número que se correspondería al último disponible de esa
subdivisión. Por ejemplo, si el anteúltimo ejemplar adquirido fuese
“Lk-506”, el recién llegado sería el “Lk-507”. En el año 1936 saldría
la última versión del sistema, con algunas modificaciones ampliatorias
relacionadas al uso de los ficheros y nuevas subdivisiones. Esta sería
la última versión del sistema de clasificación, que aún hoy está en uso.
Durante su administración tuvieron lugar otros
hechos y obras que se encuentran ligados a su persona. Ejemplo de esto
son las listas de libros entrados, originalmente denominados con esa
intención “listas de libros más leídos”. Estas, como listados ordenados
y sistemáticos, no fueron continuadas regularmente. Por otra parte, las
autoridades de la universidad le encomiendan visitar bibliotecas
europeas, con el fin de conocer estilos arquitectónicos y de servicio
que permitieran mejorar los ofrecidos en la Biblioteca Pública y
aportar nuevas ideas en el marco de la construcción de su edificio
actual, establecido en 1934. Esta información puede corroborarse, por
un lado, con las sucesivas licencias con goce de sueldo que se le
otorgan con .motivo de trasladarse al extranjero” para “visitar las
bibliotecas de ese país [Alemania] y presentar un informe” (Comunicado interno Resolución del 6 de junio de 1921)
durante su gestión. Otra prueba documental es la compilación de
postales de bibliotecas de Europa occidental que se encuentra en el
fondo bibliográfico de la Biblioteca Pública, con su firma y
anotaciones manuscritas en alemán, en algunos casos3,4. En 1933 dirige una última gran
transformación en la biblioteca. Esto fue la centralización del
catálogo de la biblioteca, experiencia a partir de la cual,
probablemente, consideraría la re-edición del primer sistema de
clasificación en el año 1936 (Aguado
de Costa, 2006).
Al observar el plano de la transformación que Simons
impulsó en la Biblioteca Pública, se plasma una red de ampliaciones o
mejoras de servicios que van, entonces, desde la forma de comprender y
ordenar el acervo bibliográfico, la forma de recuperar el ejemplar
particular, los derechos del usuario a la lectura y, finalmente, la
renovación total del trabajo del bibliotecario. Sin dudas, hechos que
resultaron de una planificación integral y no una serie de logros
desconectados y acontecidos por azar bajo su conducción.
El recorrido intelectual y la influencia de Simons
En este apartado se hace visible un punto de
análisis que, quizás, no se encuentre totalmente representado en la
metodología de Maack (1982),
pero que se hace necesario. El estudio de la producción intelectual per se, como sí lo notara Rodríguez Toajas (2013) al
descubrir la incipiente producción intelectual femenina de las primeras
generaciones de bibliotecarias, todas relacionadas con las bibliotecas
y los servicios bibliotecarios, que de compartir características con
las de Simons, demuestran, contra las creencias sociales de la época,
que las mujeres mucho podían y tenían que aportar, y que de hecho lo
hacían, opinando sobre los espacios en que podían llegar a desempeñarse
en su tiempo.
En su período de administración, Simons se dedica
también a estudiar la teoría biblioteconómica; publica artículos de la
materia en los diarios El Día, El Argentino,
diversas revistas científicas y también sus dos libros (Simons, 1932, 1934). En el período que se
desempeñó como vicedirectora, Costa Álvarez acota que era percibida
como maestra por sus compañeros, siendo su legado directo al personal
múltiples conocimientos biblioteconómicos que hubiesen sido imposibles
de adquirir de otra forma. Aguado de Costa denomina este hecho una
“escuela no oficial” en la cual impartió saberes de forma permanente,
una “capacitación en servicio” gracias a la cual fue posible la futura
existencia de la Escuela de Bibliotecarios en la biblioteca. La
conexión que representa Simons con el saber y el desarrollo
bibliotecológico de Europa es fundamental; este tipo de contactos
interculturales habilitaba la toma de conocimiento de realidades
sociales alternativas y, como queda demostrado en el trabajo de Tecuatl Quechol (2016-2017)
sobre las primeras bibliotecarias mexicanas, el intercambio
internacional era un importante factor de empoderamiento femenino
local, la toma de conciencia respecto de las posibilidades
profesionales, la apertura de nuevos espacios laborales y el
derribamiento de los mitos alrededor de las capacidades de la mujer.
Lo primero que se percibe al leer sus escritos es un
perseverante énfasis en la transmisión de conocimientos. Sus obras
presentan una estructura didáctica y de lectura ligera, siguiendo la
regla de hacer accesible la idea que quiere comunicar. Demuestra
conocimiento de los detalles de la historia de la profesión, y lo
plasma en artículos que tratan de las bibliotecas y los libros a lo
largo de la historia. Ejemplo de esto son los artículos publicados en
el libro compilador Bibliotecas y Bibliotecarios
(1932). En él se incluyen Goethe y las
bibliotecas (1926), Erasmo y sus
impresores (1925), La bibliomanía en la
edad media. A propósito de Tito Livius (1924), Primeros pasos de la Imprenta. Algo sobre incunables (1924).
Revela en ellos buena parte de su saber respecto de la cultura
bibliotecaria y librística de Europa, dando a conocer, por ejemplo, un
Goethe vinculado con la labor bibliotecaria, el tratamiento del libro
en la edad media, la historia de la imprenta y la cuestión de los
incunables a través del tiempo. Respecto de estos últimos, compila
además los resultados de la investigación realizada por Lázaro Galdiano (1925) respecto
de los incunables bonaerenses, en los que hace mención de las
publicaciones realizadas por la Imprenta de los Niños Expósitos (Simons, 1932c).
Analizó también el funcionamiento de la biblioteca
de la extinta Liga de las Naciones, de la cual destacó el
“reconocimiento más amplio de la capacidad intelectual de la mujer que
recordarse pueda” (Simons, 1932a:
73), en relación a que en dicha biblioteca solo trabajaban mujeres
y estas eran dirigidas por una bibliotecaria, la estadounidense
Florence Wilson. Otros artículos fueron motivados por sus análisis de
la Institución Carnegie y la Comisión Internacional de Cooperación
Intelectual, ambos casos vinculados con el favorecimiento de la paz y
del intercambio científico e intelectual internacional, tópicos
recurrentes en sus análisis.
Dos temas centrales en su obra eran el lector y el
bibliotecario; partes fundamentales de la biblioteca, a la que entendía
como una institución viva, esto es, orgánica. En estos escritos vierte
su experiencia y sus esfuerzos intelectuales por comprender la realidad
local. Está claro que el pasaje de una biblioteca exclusiva a una
biblioteca abierta al público general generaba múltiples interrogantes
respecto de lo que se debía ofrecer o qué debía esperarse del lector,
teniendo en cuenta que ya no se limitaría a estudiantes de la
universidad o eruditos sino también a cualquier .vecino de la ciudad..
En el afán de visualizar una ciudadanía ideal o bien, proyectando una
serie de condiciones privilegiadas a toda la población, no es difícil
encontrar entre la bibliografía contemporánea contradicciones en las
expectativas sobre el público general y la realidad social. Un ejemplo
de estas polémicas puede verse en su artículo enviado a la revista Valoraciones, Organicemos nuestra cultura: el lector (Simons, 1932d), en el cual
refuta que en la ciudad de La Plata sea común la lectura en idioma
francés, interviniendo en una polémica de la publicación. Su visión
sobre la situación cultural argentina procuraba ser realista. A Simons
le inquietó el desinterés respecto de la cultura popular, recelo que
surge de su paulatina toma de conocimiento del estado de la lectura en
el país, hecho que destaca como un obstáculo inhabilitante para las
bibliotecas, que no obtienen el reconocimiento y apoyo necesario para
cumplir sus funciones. Al respecto, comentaba:
Si no hay lectores, no hay necesidad, ni posibilidad,
de progresar y perfeccionar nada, y si los libros y revistas, en una
biblioteca, no se leen, para qué y por qué se van a comprar más? Sería
un archivo vivo (Simons, 1932d:
129).
Con respecto al rol del bibliotecario, tampoco se
privaba de intervenir en el debate exponiendo un lugar común que no ha
dejado de existir, necesariamente: “Se piensa en que es el empleo más
cómodo, que el poner un libro al alcance del público es un trabajo
reducido y limitado, que puede hacer cualquier persona., afirmaba (Simons, 1932: 63-64).
En contraposición, su imagen del bibliotecario
estaría fuertemente marcada por un perfil servicial y entregado, desde
el cual se puede entender el porqué de su sorpresa ante el interrogante
anterior. En razón de discutir esta noción, describía al público lector
de los periódicos, paso por paso, todas las tareas realizadas al
interior de la biblioteca, incluyendo aquellas que al día de hoy
consideramos necesariamente ajenas al usuario, como son los procesos
técnicos.
(…) El bibliotecario debe ser el alma y la fuerza
motriz de esta máquina, que le dá vida, que nunca debe hacer
dificultades formales a sus lectores, que deberá salvar todas las que
surjan, que siempre debe estar a la disposición de todos y de cada uno,
porque el lema de los bibliotecarios del mundo entero es: “ich dien”
(yo sirvo) (Simons, 1932: 68).
Consideraba también que se exigía del bibliotecario
el ser una fuente de conocimiento universal viviente, el poseer un
saber general importante. De otra forma, aseguraba, estaría desnudo
ante un público que lo sobrepasaría con sus preguntas. Esta noción
expone su impronta europea-continental, es decir, enciclopedista. Por
ello destacaba en sus artículos la importancia del conocimiento
general; Besio Moreno diría, al prologar la compilación de los mismos:
(…) La biblioteca como instrumento de acción, no ha de
ser el instituto parasitario de una sabiduría expectante, sino el
agente vivificado de una poderosa fuerza centrífuga que trasciende más
allá de sus muros y portales, que deben ser perforados y atravesados
dilatadamente, como perfume que acude por doquier y se hace sentir por
aquellos que no lo ansían. Así nos enseña a comprender las bibliotecas
la autora (Simons, 1932: 9).
Por otra parte, la vida profesional de Simons es
simultánea a un período de grandes transformaciones en el campo de la
disciplina bibliotecológica. En concordancia a las necesidades de su
tiempo, la necesidad de hacer .del bibliotecario un profesional. se
hacía imperiosa ante el crecimiento del público lector y del caudal de
publicaciones, demandando habilidades y conocimientos específicos para
gestionar organizaciones en rápido crecimiento. Es así como,
orientándose gradualmente a una conceptualización científica integral,
en Argentina tuvieron lugar los primeros debates disciplinares, que
buscaban definir el significado de la Biblioteconomía.
Este era el nombre que definía el estudio de la
organización y administración de las bibliotecas, un campo del
conocimiento que, a diferencia de lo que comprendemos en la actualidad
como Bibliotecología, era extraído casi por completo de la práctica
laboral y cuyo desarrollo buscaba la mejora exclusiva de esta.
Implicaba el estudio de la biblioteca y sus funcionalidades, también
para conocer prácticas pasadas y para hacer visible una evolución de la
profesión a lo largo del tiempo. Por esta razón la visión de Simons
incluía la historia del libro, de la imprenta, del comercio del libro,
la legislación, investigación de los manuscritos, arquitectura de los
edificios de bibliotecas y sus instalaciones, las clasificaciones, la
administración, la adquisición de conocimientos generales y básicos de
todas las ciencias. Al tiempo que el oficio se encaminaba hacia su
profesionalización, decía; “...se ha llegado a considerar la
biblioteconomía ya no como un arte, sino que muchos le dan la categoría
de ciencia” (Simons, 1934: 1).
En la primera década del siglo XX en la Argentina es
posible contar numerosos intentos de creación de una carrera de
bibliotecarios, llevado a cabo por distintas personalidades en
ocasiones no relacionadas directamente con la profesión. Estos intentos
se materializaban en proyectos, implementados o no, de cursos y
escuelas de bibliotecarios. Era una necesidad que remarcaba no solo
Simons, sino toda la intelectualidad vinculada a la disciplina
bibliotecaria, por ejemplo, Pablo Pizzurno, Federico Birabén, Ponciano
Vivanco, Ricardo Rojas, Alfredo Cónsole, entre otros. Simons decía al
respecto:
Para la organización de las bibliotecas, falta una
cosa, en este país, que no falta en Europa ni en Estados Unidos. Ello
es el estudio de la biblioteconomía; es la carrera del Bibliotecario.
(...) Es que el defecto principal reside aquí, en que las bibliotecas
son poco consideradas, y esto solamente puede remediarlo el lector (Simons, 1932d: 129).
Una importante indagación general sobre la
Biblioteconomía es la que realiza en Algunos
aspectos de la biblioteconomía (Simons, 1934), un ensayo que,
en su estilo pedagógico, se explaya sobre los puntos y debates más
importantes del campo. Dicha publicación le merecería un reconocimiento
de Frédéric Finó (1944), en
su conferencia Los estudios del bibliotecario,
brindada en el año 1943 en el Museo Social Argentino, con motivo de la
creación de un curso de bibliotecología general.
Además de las publicaciones en español, se conocen
contados artículos que Simons publicó en revistas alemanas, y que
refieren a la profesión y a su ejercicio en nuestro país. Entre estos
se cuentan Bibliothekwessen in Argentinien (1926a)
y Die Quesadas Als Förderer geistiger
beziehungen zwischen argentinien und deutschland (1933-1934).
Un caso aparte sería Breve noticia sobre el
conde Keyserling (1926b)5.
Reflexiones finales
A modo de conclusión, es pertinente remarcar el
carácter estructural de las obras y proyectos de Simons para poder
comprender la dimensión institucional de la Biblioteca Pública, hecho
que hace notoria su falta de representación (o bien,
sub-representación) alrededor de sus logros, sea en publicaciones
periodísticas u oficiales. La trayectoria de Simons evidencia el caso
de incontables mujeres de principios del siglo pasado que canalizaron
tareas de reestructuración centrales en las bibliotecas sin estar
presentes en el primer plano. Por esta causa, y por las limitaciones
académicas conocidas que se imponían al género femenino por entonces,
se demuestra la importancia del análisis biográfico-bibliotecológico
por medio del estudio del legado profesional y la fusión de este con la
vida de la institución, transformando y haciendo a esta en su
desarrollo. En su nota de renuncia, declararía:
En los últimos años, la pasión política que siempre
consideré debía permanecer al margen de nuestras tareas determinó
conflictos de orden individual que traté de evitar o suavizar en cuanto
de mi función dependía. Creo que a esta norma y a mi criterio de la
función social de la Biblioteca que sustentara desde los días de la
implantación del servicio de préstamo a domicilio, se debió que no
obstante los profundos cambios habidos, pudiera continuar en mis tareas
a entera satisfacción de los distintos Interventores y Directores que
se sucedieron al frente de la Institución… (Simons,
1949: 2).
Esta herencia institucional de la Biblioteca Pública
de la UNLP significó, entre otros, que el servicio al público se
sostenga hasta nuestros días, y, cuando fuese eliminado, regrese cual
derecho adquirido y reclamado por parte de la ciudadanía platense en su
periódico más popular. Otro legado de su administración es el
pensamiento comprensivo de la biblioteca como una institución cultural
que brinda un servicio social, no como favor sino como deber. Una
organización que favorece la cultura y el desarrollo por medio del
apoyo a la educación, integrando la apertura de los préstamos a toda la
población y a su organización del fondo documental priorizando el
servicio al público, en detrimento de la biblioteca erudita que tiende
al cercenamiento antes que a la difusión. Nociones de progreso que
remiten, finalmente, a la filosofía y proyección universitaria de Joaquín Víctor González (1935)6.
Finalmente, su retrato ocupó las paredes del
departamento de Procesos Técnicos de la Biblioteca Pública el
suficiente tiempo como para volverse objeto de curiosidad e
interrogación. Hecho admirable y a la vez exclamativo, un llamado a la
reivindicación profesional que, como seguramente tantos otros, merece
ser tenido en cuenta.
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Comunicado interno de la Resolución del 6 de Junio
de 1921. Biblioteca Pública de la Universidad Nacional de La Plata.
Resolución Nº 1875. Universidad Nacional de La
Plata. 1919.
Simons, Hanny. 1949. Al señor
director de la Biblioteca Pública de la Universidad Nacional de La Plata.
Copia en posesión del Centro de Documentación de la Inmigración de
Habla Alemana en la Argentina (DIHA).
Notas
1 En adelante Hanny Simons, como era su
signatura personal.
2 Hellmut Simons sería elegido por el diario
local El Día para entrevistar a Albert
Einstein durante su estadía en la ciudad de La Plata. Este suceso
quedaría además registrado en una fotografía en el artículo resultante.
Véase el artículo “Una entrevista con Einstein:
Declaraciones interesantes del ilustre sabio”, en Diario El Día, 2 de abril de 1925.
3 Este documento se encuentra en el Catálogo
web de la Biblioteca Pública con el nombre de “Vistas
de bibliotecas (44 tarjetas postales disponible)” y disponible en el fondo general de esta
biblioteca bajo la signatura Lk-1170.
4 Su hija Ingeborg Simons fue también
contratada por la biblioteca durante este período, en el cual llevó a
cabo, ya durante la dirección de
Alberto
Palcos (1930-1946) y con la colaboración de Ricardo Levene, la
elaboración del
Catálogo de periódicos
sudamericanos, publicado en 1934.
5 En términos generales, Bibliothekwessen in Argentinien (1926a) se
desarrolla como un racconto didáctico de
nuestra historia bibliotecológica, desde los inicios coloniales hasta
la época de la autora. Die Quesadas Als Förderer
geistiger beziehungen zwischen argentinien und deutschland (1933-1934)
es un análisis del carácter bibliófilo de la figura de Vicente G.
Quesada y su obra en Argentina. Por último, la Breve
noticia sobre el conde Keyserling (1926b) es un análisis
biográfico del sujeto en cuestión.
6 Véase “La Biblioteca y la cultura pública”
(1935)
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