El silencio de los maestros
La muerte, condición exclusiva de los seres vivos, es un asunto inevitable, definitivo, solitario y final. Sólo los seres humanos tienen noción cierta de su finitudy saben que la muerte es una cuestión pendiente…hasta que llega el momento. Morir supone diversas categorías de dolor, angustia, desconsueloy la certeza definitiva de la desaparición física. Es frecuente asumir con disgusto la muerte de un semejantey soslayar por “poco científicos” todo sentimiento de piedad y compasión. Décadas atrás, la atención del muriente, se instalaba en “tierra de nadie”. Dentro de los estudios médicos de pregrado, el capítulo forense de la tanatología es el único concedido a la muerte.Tras negaciones más o menos declaradas, la cultura y la ciencia restaron a la muerte su condición trascendente, al menos como epílogo de la aventura vital. La realidad, que es tozuda, desmintió todo relato infundadoy se empecinó en confirmar la existencia de la muerte.La defensa de la dignidad de los seres humanos,subrayó como derechos inalienablesdesde la concepción hasta el fin de la vidael respeto de la singularidad de creencias y sentires. La desprotección de quienes se acercan a la muerte planteó dilemas éticos profundos. Las costumbres cambiaron y los difusos límites de esta etapa exigieron agentes capacitados para enfrentarla:nació la medicina paliativa.La autora es miembro de un grupo solidario que ofrece cuidados paliativos.Actúa como acompañante en la Casa de la Bondad,coordinada por la Fundación Manos Abiertas.Explicitan su misión como “Servir, promover y dignificar a los más necesitados,mejorar su calidad de viday suavizar las situaciones de pobreza, dolor y carencias”.La delicada y difícil tarea que desempeñan es muy rica en vivencias.
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