
RASAL © - Revista de la Sociedad Argentina de Estudios Lingüísticos - 2020: 49-69
Guillermo Toscano y García
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exclusivo de la mujer, aparte de que muchas de ellas rechazaban decididamente tal función;
y por tanto se resolvió que, de acuerdo con la realidad, puente debía ser indistintamente
masculino o femenino. Hasta que triunfó la causa de la emancipación de la mujer; entonces
se vio que era impropio que puente siguiera siendo femenino, y se resolvió que en adelante
su género sería siempre el masculino.
El mismo error se cometió en esos tiempos de ignorancia con mar, elemento considerado
entonces capaz de recibir, barco por ejemplo, y no de dar, [ilegible] por ejemplo; con calor,
estado de excitación que se suponía connatural en la mujer; con color, señuelo incitante que se
creía privativo del tocador del bello sexo; con cutis, delicadeza que el hombre afeminado ha
hecho también suya; y con lente, porque la industria hialotécnica da ahora a ese instrumento
de óptica toda clase de formas, aunque predomina el óvalo analógico primitivo. Por suerte,
de tales injusticias gramaticales contra la mujer no queda ya sino el rastro histórico, y hoy
todo eso es masculino. Pero todavía no se columbra el término de esta jarana. Actualmente,
gracias a sus gramáticos y lexicógrafos, los españoles viven sin saber qué sexo deben atribuir
de su castellano a análisis, arte, azúcar, dote, fin, herpe, margen, prez, pringue, tilde, tizne
y trípode. En el castellano de América este pleito no existe: dote, herpe y prez son siempre
femeninos, y todos los demás masculinos, a menos que se trate de locuciones fijas: bellas
artes, por ejemplo. Propongo que los españoles hagan entre ellos un plebiscito al respecto, y
que sea consultivo, no decisorio, para que siga el jaleo. Su lengua El castellano es la única
lengua del mundo que ofrece esta pamplina a la consideración de los lingüistas estudiosos, y
costará trabajo que los españoles renuncien a tanta gloria sería una lástima perderla.
Las diferencias que la ciencia observa entre el hombre y la mujer no son puramente anatómicas
y fisiológicas. Pacientes investigaciones han puesto al fin en claro que hay también entre
ambos sexos muy fuertes contrastes psicológicos. He aquí algunos de ellos, que se relacionan
con la Filología: la mujer es, en cuanto a fonología, más locuaz que el hombre y más clara
en su dicción, como que tiene la lengua más suelta y las cuerdas vocales más afinadas; en
cuanto a morfología, es resueltamente contraria a las derivaciones y composiciones doctas
realiza todas sus combinaciones por analogía, y cuando no puede fundarlas en la semejanza,
las funda en la diferencia; en cuanto a lexicología, la mujer ofrece la particularidad de tener
dos vocabularios, el público y el privado, el social y el doméstico, y este último, que sólo
aplica al marido, a las hijas y nunca a las criadas, es de tan vigorosa naturaleza que tumba de
espaldas al extraño que por accidente llega a oírlo; en cuanto a sintaxis, muestra invencible
repugnancia a la inversión, y prefiere el orden directo, aunque reconoce que el otro tiene
su gran ventaja. No sería aventurado deducir de todo esto que, también filológicamente
considerada, la mujer no es como el hombre. Citaré una de tantas manifestaciones prácticas
inequívocas de esta diferencia. El hombre, como ya hemos visto, adapta la forma de sus
herramientas al modelo providencial del eje y el buje, y al darles nombre se contenta con
atribuirles el género gramatical que corresponda, no ve la necesidad de repetir crudamente
los términos diferenciales de la síntesis integral sublime; construye el tornillo y la tuerca, y
para denominarlos expresa el género con la flexión desinencial, no aglutina a esos nombres,
las raíces indicadoras del sexo respectivo. En resumen, prefiere insinuar a declarar este
detalle. En cambio, la mujer da a sus útiles de trabajo tanto la forma sexual como el nombre
de tal forma, y para distinguir las dos clases de corchetes o broches, por ejemplo, los llama